Transformar la educación no es una opción, es una urgencia.
Si todavía no nos conocemos, te cuento que mi sueño es que la pedagogía de la alegría deje de ser una frase linda para convertirse en la realidad de cada aula y en cada escuela.
En esta página te comparto todo lo que fui haciendo, diseñando y produciendo para que enseñar vuelva a ser disfrute y aprender, una aventura. Ese cambio empieza por recuperar el brillo en los ojos de los chicos (y de los docentes).

Porque transformar la escuela es una construcción colectiva.
Capacitados en una sola jornada, llenando tres veces consecutivas la capacidad del Club Regatas.
Convocados en el Mini Estadio Olímpico para repensar la gestión educativa juntos.
Reunidos en un solo día en vivo para hackear el aula invertida y usar la tecnología como puente.
Llevando herramientas prácticas a miles de docentes y directivos por toda Argentina y Latinoamérica.
Somos una de las comunidades educativas más grandes del mundo hispano. Mis redes integran un laboratorio de 24 horas donde miles de educadores intercambian ideas y esperanza.
Si nos cruzamos en un congreso, en la tele o en las redes, quizás veas a “una profesional que habla de educación o dicta talleres a salas llenas”. Pero, tal vez no sabés que detrás de esa Laura, hay una historia de muchos colectivos, necesidades y saltos al vacío...
Me tuve que ir de mi casa con mi hermano de 16 bajo el brazo. No había mucho tiempo para dudas: acababa de terminar el colegio y había que pagar las cuentas.
Recuerdo que empecé dando clases de inglés en las Academias Pitman porque mi tía era directora de una de las sucursales. Me dijo: “Laurita, ¿te animás a dar clases de inglés?”.
(Gracias y chapeau al Lengüitas, que me dio un inglés maravilloso con el que pude arrancar).
De ahí me contrataron de un colegio, el Ulrico Schmidl en Munro, para dictar clases en 4º año. Sí, a chicos de 16 y 17 años... ¡yo tenía 18! Jaja. Fue un gran maestro ese colegio para mí. La primera vez que tuve que tomar prueba pensé: “Ahora van a estar uno arriba del otro”, que es lo que hubiera hecho yo como alumna. Pero no. Estaban en cuatro hileras ordenadísimas. Era un colegio alemán, con un director alemán y conducta alemana… perfecto para ordenarme a mí, que en esa época tenía más ganas que herramientas.
Ese año arranqué con el Traductorado en la UADE y me contrataron del Colegio Lincoln. Después vinieron el Pestalozzi, la Escuela del Sol y varios otros. Viajaba de Palermo a Munro, de ahí a Belgrano y de ahí a Barrio Norte, corriendo para dar clases particulares en la casa de mi abuela, que quedaba estratégicamente a la vuelta de la UADE para ganar tiempo.
Trabajaba para estudiar, y estudiaba para poder seguir soñando. Dictaba clases de teatro ad honorem en el Ulrico solo porque me hacía feliz y seguía con las corridas.
En esa época empezaron también las clases particulares en casa y preparaba nenas para el ingreso al Lengüitas. Todavía me acuerdo de los biblioratos que armaba con actividades. En esa época, "ir para adelante" no era una elección, era mi única dirección.
No nació en una oficina elegante; nació de la necesidad y de la amistad. Empecé a agrupar alumnos para poder tomar más chicos, a pedirle ayuda a mis amigas porque sola no llegaba a todo... y de repente, sin darme cuenta, estaba coordinando algo mucho más grande que una agenda de clases.
Pronto llegó la mudanza a un “instituto en serio”. Con secretaria, fax y todo.
En 1993, con muchísimo esfuerzo y mis ahorros, me fui a hacer mi primer curso de perfeccionamiento docente a la Universidad de California y, tal vez viendo mi empuje (¡imagínate yo a los 20!), me propusieron ser representante de los programas internacionales en Argentina.
A los pocos meses ya había llevado un grupo de 15 alumnos, lo que me valió un certificado honorífico. Y seguí hasta el 2020, cuando la Pandemia cambió los planes. Fueron miles de alumnos y muchos viajes para mí, que se convirtieron en grandes oportunidades.
Cada vez que llevaba grupos, tres veces al año, en vez de irme de paseo o de compras, tomaba clases en la universidad. Así fue como, después de dos o tres años, llegó la primera diplomatura en enseñanza de inglés. Después vinieron otras y varias especializaciones.
También para esa época empecé a dictar talleres. Al principio eran audiencias modestas; muchos años después llegaron los estadios. ¡Sí, estadios con 10.000 personas! Mi récord son 24.000 docentes en 24 horas: tres estadios de 8.000 personas en Corrientes.
Ahora ya no tiraba sola del caballo. La presencia de Migue fue fundamental para mi crecimiento; ahora podía concentrarme en lo que me apasionaba: ser creativa. Y aparecieron los congresos. Migue se ocupó de los números. ¡Qué alivio! Obvio que en el medio hubo fracasos, desilusiones, tropiezos y caídas. ¿Quién no las tiene? Esas son las lecciones que realmente nos enseñan.
Escribir fue mi forma de procesar lo que veía en el aula. Qué maravilla era poder meterme hacia adentro para escribir, y después sacarlo hacia afuera para hablar.
¡Y entre taller y taller llegó Anita! Ahora hacía malabares para equilibrar familia y trabajo. ¡Menos mal que me tocó el mejor equipo!
A Anita la tuve de grande; llegó cuando tenía que llegar. En el Botiquín hablo de eso: de Cronos, Kairós y el tiempo del alma. Kairós es esa otra clase de tiempo: el del universo, el de las cosas que llegan cuando es el momento, no antes ni después. Me gusta contar que mi abuela tuvo a mi mamá a los 21, mi mamá me tuvo a mí a los 21… ¡y yo a Anita a los 42! ¡Me salteé toda una generación!
Fui visitante ilustre de varias ciudades, le pusieron mi nombre a un colegio y la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires me declaró Personalidad Destacada de la Educación.
Llegaron las clases en las diplomaturas y otras responsabilidades.
Y cuando todo parece estar en paz, ahí voy de nuevo. Porque si no hay riesgo no hay transformación, ¿no? Sentí que necesitaba hablarle a más gente, no solo a docentes y directivos, y así nació El Botiquín de Emociones. También llegaron las agendas pedagógicas y mis juegos didácticos. Pero además, volví a ser alumna.
Después de varias diplomaturas y especializaciones, cuando muchos me decían que 'ya estaba', yo sentí que recién empezaba. Hice mi Maestría en Ciencias de la Educación y hoy sigo tachando apuntes en mi Doctorado en Liderazgo Institucional. Porque aprendí que la verdadera juventud está en la curiosidad... y ahora que ya estoy arañando los 60, ¡necesito toda la juventud que pueda conseguir! Así que, ¿por qué no? Y si más adelante me llego a cansar mucho... bueno, siempre se puede decir que no después, ¿no?... 😉
Fuera de lo profesional, mi verdadero cable a tierra es mi casa y mi familia. Amo estar en mi hogar. Me encanta mi jardín y, en especial, cuidar de mi huerta y mis frutales. Disfruto meter las manos en la tierra, ver crecer mis tomates, la acelga o el romero. Y me encanta recibir amigos y cocinarles.
Y, por supuesto, están mis perros. Hoy Malcolm y Claire. Antes Max, Mara, Brenda, Cynthia, Olivia y tantos otros que siempre son parte del equipo. Si alguna vez me viste en un Zoom y escuchaste un ronquido, era Max; o si viste a Claire durmiendo en un sillón y tirando almohadones al piso, sabés de qué te hablo. En la facultad tenía una profesora que se la pasaba hablando de sus perros y a mí me parecía "cosa de señora mayor". ¡Se ve que hoy esa señora mayor ahora soy yo!
Soy la embajadora mundial de la ansiedad y muchas veces me agarra miedo. Sí, miedo. Miedo al futuro, miedo a qué será de mí cuando sea más grande. En esos días, miro dos frases que me autoescribí y tengo pegadas en la pantalla de mi compu que me tranquilizan el alma:
Son mi cable a tierra. Lo que me devuelve al eje cuando necesito respirar seguridad y anclarme en el presente. Así que, cuando me agarra el agotamiento o siento que ya lo di todo, me gusta pensar que todavía tengo mucho tesoro por descubrir. Lo mejor no es lo que pasó, sino lo que vamos a inventar juntos mañana.
Los dejo, porque seguro que mientras vos estás leyendo esto, yo debo estar metida en un libro nuevo o en una de esas aventuras que tanto me gustan. Porque si no tengo esa gotita de adrenalina recorriéndome la espalda, es mala señal.
Con amor, ¡y bienvenidos!
Laura.
